El Festival de Cannes siempre ha sido sinónimo de elegancia, arte y reconocimiento cinematográfico. Sin embargo, en los últimos años, un elemento ha eclipsado su esencia: las ovaciones de pie interminables en la sala Grand Auditorium Lumière. Lo que comenzó como un gesto de admiración se ha transformado en un espectáculo que roza lo ridículo, donde la duración de los aplausos se mide con cronómetro y se convierte en noticia.
Antiguamente, los críticos y periodistas acudían a las premiered con solo un cuaderno y un bolígrafo. Hoy, el listado de herramientas imprescindibles incluye, lamentablemente, una aplicación de cronómetro en el iPhone. ¿La razón? Las ovaciones de pie que, en lugar de ser un gesto espontáneo de reconocimiento, se han convertido en un ritual obligatorio. Una ovación de cuatro minutos ya se considera débil; cinco o seis minutos son el mínimo exigible, y superar los diez minutos se interpreta como un éxito rotundo. Pero, ¿realmente refleja esto la calidad de una película?
La presión de los medios y el circo de las ovaciones
La culpa, en gran parte, recae en los medios de comunicación. Sentados en las filas de prensa, reporteros y críticos sacan sus teléfonos en cuanto termina la película y activan el cronómetro. Los resultados se convierten en titulares sensacionalistas: «Joaquín Phoenix llora durante ovación de cinco minutos en Cannes por el western 'Eddington'», «'Nouvelle Vague' de Richard Linklater recibe una ovación de más de diez minutos en Cannes», «'Megalópolis' debuta con siete minutos de pie en el festival». No son noticias, sino clickbait cinematográfico que genera una atmósfera incómoda en la sala.
Esta dinámica crea una presión innecesaria sobre los directores y actores. Terry Gilliam, tras recibir una ovación de más de quince minutos en 2018 por El hombre que mató a Don Quijote, confesó sentirse confundido:
«El problema era que estaba allí de pie, dando las gracias y pensando: ¿por qué esta reacción? ¿Era porque la película era realmente buena o por mi resistencia física? Solo quería saber si les había gustado la película. Pero tuve que quedarme ahí sonriendo, saludando y mirando al reparto… Me sentí como un idiota. Era absurdo».
¿Cuándo empieza y cuándo termina una ovación?
Otro aspecto que añade confusión es la falta de consenso sobre la duración real de las ovaciones. Un medio puede afirmar que fueron siete minutos, otro que diez. La razón es sencilla: es difícil determinar con precisión cuándo comienza y termina realmente el aplauso. Normalmente, los aplausos arrancan con los créditos, se intensifican cuando se apagan las luces y se convierten en una ovación de pie cuando el público se levanta. La reacción del director y el reparto, proyectada en pantalla, suele provocar un nuevo estallido de aplausos, incentivando a la audiencia a prolongar el espectáculo.
Los directores pueden intentar controlar el momento en que se dirigen al público con un micrófono, pero una vez que la ovación comienza, el ritmo lo marca el auditorio. Y en un festival donde el exceso de espectáculo parece ser la norma, pocos se atreven a romper el protocolo. El resultado es un círculo vicioso: los medios exigen ovaciones más largas para generar titulares, el público se siente obligado a prolongarlas, y los creadores se ven atrapados en un ritual que, en muchos casos, les resta protagonismo a sus obras.
¿Hacia un Cannes más sobrio?
La pregunta que surge es inevitable: ¿hasta cuándo se permitirá que este espectáculo continúe? El Festival de Cannes, en su afán por mantener su prestigio, ha intentado en el pasado eliminar otros excesos, como las selfis en la alfombra roja. Quizá sea el momento de replantearse también el valor real de estas ovaciones interminables. Al fin y al cabo, una película no necesita cinco minutos de aplausos para demostrar su grandeza; basta con el reconocimiento sincero de un público que, en lugar de cronometrar, debería limitarse a disfrutar del arte.