La primera vez que me pidieron explicar por qué un bosque estaba muriendo, asumí que el mayor desafío sería diagnosticar el problema. Sin embargo, lo que encontré fue algo mucho más complejo, algo para lo que mi formación no me había preparado. Ocurrió durante una excursión en Dinamarca como parte de mi máster en silvicultura.
Nos llevaron a un bosque familiar de pequeñas dimensiones. Dinamarca ha aumentado su superficie forestal desde 1805 —cuando se aprobó la Ley Forestal danesa— pasando del 2% al 15% en dos siglos. Muchos propietarios, como los que visitamos, convierten tierras agrícolas en bosques para aprovechar la madera, a menudo plantando especies exóticas de coníferas muy demandadas a nivel global. En ese momento no lo comprendí del todo, pero contar con ese contexto histórico, social y económico habría sido fundamental.
Entre filas de árboles uniformes y en declive, nuestro profesor se situó junto a los dueños del terreno: un padre y su hijo de avanzada edad. Dirigiéndose a un grupo de estudiantes de posgrado, planteó una pregunta que, retrospectivamente, resultó mucho más trascendental de lo previsto: «¿Podéis explicar por qué este bosque no prospera?»
Nuestros estudios nos habían dotado de teoría silvícola y conocimientos ecológicos. Para nosotros era evidente que el bosque, plantado recientemente en tierras agrícolas con especies no autóctonas, sufría una grave infestación por Heterobasidion annosum —un hongo que compromete la salud del suelo y la viabilidad económica del terreno al menos durante la vida útil de esa primera generación de árboles—. Los dueños, sin embargo, desconocían que su inversión no sería rentable en sus vidas.
La ciencia era clara para nosotros, pero no así la forma de transmitir ese conocimiento frente a las personas que sufrirían las consecuencias inevitables. En cuestión de minutos, la situación se tensó. Lo que debía ser un intercambio constructivo entre propietarios y académicos se convirtió en un diálogo incómodo. Algunos estudiantes culparon a los dueños por sus decisiones de gestión, considerándolas perjudiciales no solo para ellos, sino para el medio ambiente. Otros, en cambio, entendieron su postura: habían actuado siguiendo los subsidios gubernamentales, diseñados para fomentar la reforestación.
A medida que la discusión se deterioraba, me sentí atrapado entre dos posturas igualmente comprensibles. Nadie, sin embargo, formuló la pregunta más importante: ¿qué necesitaban realmente los dueños del terreno de nosotros?
Esperaba que, tras la excursión, hubiera un debate o incluso una clase formal que nos preparara para situaciones similares en el futuro. Mis compañeros y yo nos quedamos con más dudas que respuestas: ¿qué podíamos aprender de aquel día? ¿Cómo actuar en adelante para apoyar tanto a los bosques como a sus propietarios? Lamentablemente, ese diálogo nunca llegó a producirse.
La brecha entre ciencia y sociedad
Esta anécdota no es un caso aislado en la formación académica. Revela una desconexión recurrente entre el conocimiento científico y su aplicación práctica en la gestión forestal. Los expertos en silvicultura y ecología disponen de herramientas para diagnosticar problemas y proponer soluciones, pero la comunicación efectiva con los actores locales —propietarios, comunidades y autoridades— sigue siendo un eslabón débil.
La ciencia por sí sola no basta para salvar los bosques. Se necesita un puente entre el rigor académico y las realidades socioeconómicas de quienes gestionan estos ecosistemas. Sin esa conexión, incluso los diagnósticos más precisos pueden quedar en papel mojado, incapaces de generar cambios reales.
El desafío, por tanto, no es solo técnico, sino también comunicativo. ¿Cómo transmitir el conocimiento científico de manera que sea accesible, relevante y, sobre todo, útil para quienes toman decisiones sobre el terreno? La respuesta podría estar en formar a los futuros profesionales no solo en ecología, sino también en habilidades blandas como la mediación, la pedagogía ambiental y la negociación.