¿Recuerdas la sala de ordenadores? En mi casa nunca hubo una habitación dedicada exclusivamente a un PC, pero mis padres colocaron dos equipos de sobremesa en el sótano, lejos de las zonas comunes. Allí bajaba a escondidas para jugar con copias piratas de juegos como Princess Maker 2 cuando me quedaba en casa enfermo. Con el tiempo, esos dos ordenadores funcionando uno al lado del otro llenaban el pequeño espacio de un olor penetrante: metal caliente, polvo y alfombrillas de ratón.

La fragancia Cero, creada por la firma agar olfactory, captura ese aroma con precisión. Pertenece a una serie de perfumes que exploran el colapso ecológico, con fragancias que evocan desde plásticos sentientes hasta el aroma del pan recién horneado o la humedad de la tierra tras la extinción humana. Pero Cero es el primero, diseñado para transportarnos a 1999, cuando el ordenador ocupaba su propio espacio en lugar de estar en el bolsillo.

En esa época, la computadora —y todo el conocimiento al que servía de portal— se concentraba en un solo lugar, lo que generaba una nostalgia única. Me recuerda al álbum I Love My Computer de DJ Ninajirachi, pero con referencias culturales para un público algo mayor. Cuando canta sobre una canción secreta que suena como un iPod Touch con la pantalla agrietada, evoca en mí el recuerdo de los módems de acceso telefónico y las páginas de fans de anime en Angelfire.

Lo que más me impacta de Cero es su honestidad: no edulcora ese olor. Usarlo me transporta a un sótano oscuro donde podía descubrir cosas nuevas, pero el toque a polvo es tan intenso que a veces me hace estornudar. Es como meter la cabeza dentro de un viejo ordenador Dell que nunca se ha limpiado: huele a minerales con electricidad, a goma, a plástico.

Otras fragancias, como Ghost In The Shell de L’Etat Libre D’Orange, también intentan recrear estos aromas tecnológicos, centrándose en el aspecto metálico y mezclando látex, silicona y polvos florales. Sin embargo, Cero busca ser una representación más pura, sin caer en lo meramente nostálgico.

A lo largo del día, los aromas más intensos —como el de las alfombrillas de ratón— se desvanecen. Pero el olor a metal y polvo se queda pegado a la piel, y con el tiempo llega a resultarme reconfortante. El aroma de la sala de ordenadores es, para mí, un olor esperanzador. Es el olor de la infancia, de las posibilidades, de una época en la que usar el ordenador no era una necesidad ni estaba controlado por una clase dominante que nos mantiene dependientes. Además, Cero es el primer perfume de una serie que explora la extinción humana completa. Quizá lo lleve también como advertencia.

Fuente: Aftermath