Jessie Ware, la cantante británica conocida por su evolución musical desde el soul y el R&B hasta el disco-pop más exuberante, lanza Superbloom, su último trabajo discográfico. Sin embargo, a pesar de conservar los elementos que la han hecho destacar —armonías etéreas, líneas de bajo funky y arreglos lujosos—, el álbum adolece de una sensación de déjà vu que lo aleja de la originalidad de sus anteriores producciones.

En 2020, Ware revolucionó la escena con What’s Your Pleasure?, un disco que fusionaba el disco y el funk con un estilo maximalista y hedonista, alejándose de su sonido anterior basado en el soul y el minimalismo. Dos años después, That! Feels! Good! consolidó su apuesta por el glamour de los años 70 y el pop bailable, con un éxito que la llevó a los escenarios más exclusivos. Ahora, Superbloom intenta repetir la fórmula, pero el resultado se percibe como una versión recalentada de sus éxitos pasados.

El álbum, titulado con un guiño a la extravagancia ('superflor' en español), se envuelve en una producción opulenta: coros vaporosos, sintetizadores brillantes y cuerdas que evocan el lujo de las discotecas de antaño. Ware, con su voz seductora y su capacidad para crear atmósferas envolventes, sigue siendo una maestra en el arte de la seducción sonora. Sin embargo, en muchas ocasiones, el disco cae en lo predecible. Su obsesión por los signos del sonido retro —como el silbido característico de Ennio Morricone en “Ride”— roza lo gimmick, como si hubiera exprimido hasta la última gota de su concepto inicial: el baile como espacio terapéutico.

No es un problema exclusivo de Ware. Muchos artistas que han reinventado su sonido en la mitad de su carrera enfrentan el mismo desafío: ¿cómo innovar sin repetirse? En este caso, aunque Superbloom no alcanza la frescura de sus predecesores, hay destellos que merecen atención.

Los momentos más destacados

  • “Ride”: Un tema que mezcla el western con la discoteca, interpolando el icónico silbido de The Good, the Bad and the Ugly en un gancho lujoso y espacial. Una idea ingeniosa que, sin embargo, no logra trascender la mera referencia.
  • “Don’t You Know Who I Am”: Aquí, Ware despliega su voz con un anhelo visceral, respaldada por una instrumentación romántica que evoca a leyendas como Donna Summer y Gloria Gaynor. Un tema que, aunque convencional, captura la esencia del disco-pop en su mejor versión.
  • “16 Summers”: La joya del álbum. Una balada agridulce dedicada a sus hijos, que recuerda a un número de Broadway a las 11:00 p.m. Aunque podría parecer cursi, la interpretación de Ware —cargada de emoción y autenticidad— convierte la canción en un momento conmovedor. El contexto personal añade capas de significado: el álbum se gestó en un año marcado por la pérdida de seres queridos cercanos a la artista.

Ware demuestra que, incluso en sus peores momentos, su capacidad para transmitir emociones es innegable. Buscar la alegría en medio del dolor es un acto de resistencia, y en Superbloom hay destellos de esa luz. Sin embargo, el disco en su conjunto se siente como un eco de lo que ya hemos escuchado antes, sin la chispa que lo haga memorable.

«Superbloom» repite la fórmula de Ware con elegancia, pero sin la innovación necesaria para justificar su existencia como obra única.»

A pesar de sus limitaciones, el álbum no es un fracaso absoluto. Hay suficiente brillo en su producción y en la voz de Ware para que, en ocasiones, el oyente se deje llevar por el hechizo del disco-pop. Pero cuando el polvo de la nostalgia se asienta, queda la pregunta: ¿hasta cuándo puede un artista exprimir el mismo estilo antes de que pierda su magia?

Fuente: AV Club