Hoy en día, todos damos por sentado que nuestro coche arrancará por la mañana. En 1952, esto significaba confiar en que la batería de plomo-ácido mantendría la carga durante la noche, que los contactos del interruptor de arranque condujeran la corriente al motor y que los 30 bucles electromagnéticos del inducido respondieran con energía a los 200 amperios. También implicaba que los puntos de encendido y la bobina generaran picos de voltaje precisos para saltar las bujías y encender la mezcla de combustible, mientras el aire aspirado en el carburador facilitaba la evaporación del combustible necesario para crear una mezcla inflamable.

Todo funcionaba de manera analógica y predecible: amperios, depresiones de aire, evaporación de combustible, chispas y explosiones, cada proceso siguiendo las leyes físicas establecidas. Si los pistones se movían y sellaban correctamente, el resto del sistema colaboraba y el motor arrancaba sin problemas.

Hoy, aunque seguimos dependiendo de estos procesos analógicos, se superponen docenas de microchips y millones de líneas de código que, en teoría, deberían garantizar un funcionamiento impecable. Sin embargo, la realidad es más compleja. Un ingeniero informático de los años 80 ya decía: ‘No te preocupes por cómo funciona un ordenador, asombra que funcionen en absoluto’. Esta frase refleja bien la sensación actual con los coches modernos.

Mi Audi A7, por ejemplo, está gobernado en gran medida por su ‘cerebro electrónico’, no por mí. El pedal del acelerador no está conectado al cuerpo de la válvula de mariposa mediante un cable, sino a través de sensores redundantes y servomotores que interpretan mi input y ajustan el nivel de potencia del motor. Cuando activo el modo Sport, el sistema abre el acelerador más rápido que en modo normal, proporcionándome lo que cree que necesito, no lo que yo realmente pido. Es como si un chef francés pretencioso de un restaurante caro decidiera qué sabor prefiero en mi comida.

¿Es perfecto? Espero que sí, pero a veces noto una ligera demora de 100 milisegundos entre pisar el acelerador y la respuesta del motor, lo que me hace sentir más como un jugador de videojuegos que como conductor.

Con el paso de los años y los kilómetros, es inevitable preguntarse cuándo los ‘fantasmas en la máquina’ tomarán el control total. Hasta ahora, mi A7 ha recorrido casi 160.000 kilómetros sin problemas graves, salvo un molesto spoiler trasero que se activa solo de forma aleatoria, incluso cuando el resto del coche funciona correctamente. Una búsqueda rápida en foros reveló que este comportamiento es señal de una batería AGM defectuosa. Lo incomprensible es cómo un voltaje bajo durante el arranque puede generar un código digital hexadecimal incorrecto para el pequeño motor eléctrico que activa el spoiler. Es un gremlin digital.

Fuente: Hagerty