El debate sobre el estatus de Plutón ha resurgido gracias a un interés poco convencional: el del expresidente Donald Trump. En 2019, durante su mandato, su administrador de la NASA, Jim Bridenstine, ya había expresado su deseo de devolver a Plutón la categoría de planeta, un título que perdió en 2006 cuando la Unión Astronómica Internacional (UAI) estableció nuevos criterios para la clasificación de los cuerpos celestes.
Plutón, que durante décadas formó parte de la lista de los nueve planetas del sistema solar y fue recordado por muchos a través del mnemotécnico «Mi Viejo Tío Martín Jamás Supo Usar Naves», pasó a ser considerado un «simple» planeta enano. Ahora, Trump vuelve a la carga con una propuesta aún más llamativa: redefinir su estatus mediante una orden ejecutiva.
Sin embargo, esta medida no tiene fundamento legal ni científico. Según explicó esta semana el administrador actual de la NASA, Jared Isaacman, ante un comité del Senado, su postura es clara: «Estoy muy a favor de que Plutón vuelva a ser un planeta». Pero, como él mismo reconoció, la decisión no corresponde a la agencia espacial ni a un decreto presidencial, sino exclusivamente a la UAI.
Isaacman, consciente de los límites de su autoridad, sugirió una vía alternativa: impulsar desde la NASA investigaciones científicas que puedan reabrir el debate. «Nos encantaría escalar esta discusión a través de la comunidad científica», afirmó. No obstante, muchos interpretan sus palabras como un gesto de cortesía política hacia Trump, más que como un interés genuino por el destino de Plutón.
Expertos en astronomía señalan que, más allá de los caprichos políticos, el estatus de Plutón sigue siendo un tema de discusión en la comunidad científica. Algunos investigadores argumentan que los criterios actuales de la UAI son demasiado restrictivos, mientras que otros defienden la clasificación actual. Lo cierto es que, por ahora, Plutón sigue siendo un planeta enano, y cualquier cambio requerirá un consenso internacional.
Mientras tanto, Trump y su equipo parecen empeñados en revivir un debate que, para muchos, ya quedó zanjado hace casi dos décadas. ¿Se trata de un intento por ganar apoyo político o de un interés real en la ciencia? El tiempo —y la comunidad astronómica— lo dirán.