El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, podría estar acercándose al destino de otros aliados internacionales de Donald Trump que han perdido el poder en los últimos años. Su estrategia autoritaria, inspirada en líderes como el húngaro Viktor Orbán, enfrenta una creciente resistencia en Israel, donde la oposición lo acusa de socavar la democracia.
Yonatan Levi, académico del centro-izquierdista think tank Molad, viajó a Hungría a principios de este año para estudiar la campaña del líder opositor Péter Magyar, quien logró derrotar al primer ministro autoritario Viktor Orbán. Levi y su equipo observaron paralelos preocupantes entre la situación en Hungría y la de Israel bajo Netanyahu.
«Israel aún no es la Hungría del Medio Oriente», afirma Levi, «pero se está acercando cada vez más». La oposición israelí, que se prepara para las elecciones de octubre —obligatorias antes de esa fecha—, centra su campaña en defender la democracia frente a lo que consideran un intento de Netanyahu de perpetuarse en el poder.
La erosión de las instituciones democráticas
Mientras que en el extranjero Netanyahu es criticado principalmente por su política exterior —especialmente por su apoyo a la guerra en Irán y la brutalidad en Gaza—, dentro de Israel, el descontento se centra en su gestión interna. Su gobierno ha sido acusado de:
- Colocar a aliados en puestos clave de los servicios de seguridad.
- Perseguir a activistas de izquierda y minorías árabes.
- Promover leyes que someten al poder judicial a su control.
- Enfrentarse a un juicio por corrupción, con cargos graves por presionar a medios de comunicación a cambio de favores regulatorios.
Donald Trump ha presionado públicamente al presidente israelí, Isaac Herzog —una figura con poderes principalmente ceremoniales—, para que indulte a Netanyahu, quien se enfrenta a los cargos más serios de su carrera política.
Un modelo inspirador para la derecha
La relación entre Netanyahu y Orbán va más allá de la admiración mutua. Ambos líderes comparten estrategias para mantenerse en el poder, desde el control de los medios hasta la manipulación del sistema judicial. En Israel, el debate sobre Hungría es constante: mientras la izquierda lo ve como una advertencia, la derecha lo toma como un ejemplo a seguir.
«Nunca había visto una elección extranjera cubierta con tanto detalle en la prensa israelí, excepto las estadounidenses». — Yonatan Levi.
Las encuestas actuales reflejan un escenario similar al de Hungría: Netanyahu, primer ministro durante casi todo el período desde 2009, perdería su mayoría si hoy se celebraran elecciones. Sin embargo, el panorama no es tan claro. Existen dos grandes asteriscos que complican cualquier análisis sobre la democracia israelí.
Los palestinos: el gran ausente en el debate
El primer asterisco es la situación de los palestinos en Cisjordania, que viven bajo ocupación militar israelí. Aunque no pueden votar en las elecciones israelíes, están sujetos a las leyes impuestas por el ejército. Esta realidad, que rara vez se menciona en los discursos sobre democracia israelí, plantea una contradicción fundamental: ¿cómo puede un país reclamar ser una democracia plena cuando una parte significativa de su población no tiene derechos políticos?
El segundo asterisco es el propio Netanyahu. A pesar de las encuestas adversas, su capacidad para movilizar a su base y el apoyo de sectores ultraortodoxos y de colonos le dan margen para mantenerse en el poder. Además, su alianza con Trump y otros líderes de la derecha global le proporciona un respaldo internacional que podría ser decisivo.
En resumen, aunque las señales apuntan a un posible cambio en octubre, Netanyahu no está derrotado. Su caída dependerá de si la oposición logra unir fuerzas y si la sociedad israelí prioriza la defensa de la democracia sobre otros intereses. Mientras tanto, el mundo observa si el próximo aliado de Trump en caer será el primer ministro israelí.