La exclusión de Gabbard en reuniones estratégicas
El pasado sábado, el expresidente Donald Trump convocó una reunión en la Sala de Situación de la Casa Blanca para analizar la estrategia de EE.UU. frente a Irán. Según los informes, asistieron el vicepresidente JD Vance, el secretario de Estado Marco Rubio, el secretario de Defensa Pete Hegseth, el secretario del Tesoro Scott Bessent, la jefa de Gabinete Susie Wiles, el enviado Steve Witkoff, el presidente del Estado Mayor Conjunto Dan Caine y el director de la CIA, John Ratcliffe. Faltó un nombre clave: la directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard.
Esta ausencia no fue casual. Fuentes cercanas a la administración señalaron que la sigla DNI (Director de Inteligencia Nacional) se interpretaba en la práctica como Do Not Invite (No invitar). La pregunta surge: ¿qué sentido tiene un cargo diseñado para supervisar a 18 agencias de inteligencia si su titular no participa en las decisiones más críticas de seguridad nacional?
El papel de Gabbard: de la inteligencia a la venganza política
El valor de Gabbard para Trump no reside en su capacidad para gestionar la comunidad de inteligencia —cuya experiencia es limitada—, sino en su disposición a alinear los servicios de inteligencia con los intereses políticos del presidente. Su mayor contribución ha sido la politización y el uso partidista de la inteligencia, una práctica sin precedentes en la historia de EE.UU.
El pasado verano, Gabbard filtró documentos clasificados que, según ella, demostraban que el expresidente Barack Obama, el exdirector de la CIA John Brennan y otros altos cargos habían cometido «traición» —un delito castigado con la pena de muerte—. Afirmó que estos habrían falsificado inteligencia para atribuir a Rusia una intervención en las elecciones de 2016 que favoreciera a Trump. Las investigaciones posteriores, incluyendo la del fiscal especial Robert Mueller y el Comité de Inteligencia del Senado, confirmaron que Rusia sí interfirió en los comicios para beneficiar al entonces candidato republicano.
Lo grave no fue solo la falsedad de sus acusaciones, sino el mecanismo empleado: una alta funcionaria de inteligencia difundió material ruso sin verificar, ignorando las advertencias de la CIA, para atacar a rivales políticos. Gabbard y Trump llegaron a pedir el procesamiento de Obama, Brennan y otros, incluso compartiendo un vídeo generado por IA que mostraba a agentes del FBI arrestando a Obama y arrojándolo a una celda. En la simulación, el exmandatario aparecía de rodillas ante Trump.
Este episodio marcó un hito en el abuso de la inteligencia con fines partidistas. Como consecuencia, el Departamento de Justicia abrió una investigación penal contra Brennan y otros, que sigue abierta. Gabbard también desclasificó un informe secreto que citaba material de inteligencia ruso de 2016, según el cual Hillary Clinton sufría «problemas psicoemocionales intensos», tomaba «tranquilizantes fuertes a diario» y habría orquestado el escándalo Trump-Rusia para desviar la atención de su caso de correos electrónicos. Sin embargo, los analistas de inteligencia y el FBI habían descartado previamente este material por considerarlo poco fiable.
Un precedente peligroso para la democracia
La actuación de Gabbard no solo socava la credibilidad de los servicios de inteligencia, sino que sienta un precedente alarmante: la instrumentalización de la información clasificada para fines políticos. Su enfoque refleja una tendencia preocupante en la que la verdad se supedita a los intereses del poder, erosionando la confianza en las instituciones y en el propio sistema democrático.
Mientras Gabbard sigue siendo una figura marginal en el panorama político, su influencia en la administración Trump ha dejado una huella imborrable: la inteligencia ya no sirve para proteger al país, sino para perseguir a sus adversarios.