HAY SPRINGS, Nebraska.— Mark Pieper se levantó antes del amanecer en una fría mañana de febrero para emprender el viaje que, durante tres años y medio, se convirtió en rutina: tres días a la semana, conducía su pickup durante media hora desde su rancho ganadero hasta el hospital de Chadron para recibir diálisis. El trayecto, que antes era un acto de perseverancia, ahora marca el fin de un servicio vital en su comunidad.

Pieper, residente de Hay Springs —un pueblo de menos de 600 habitantes—, depende de este tratamiento para sobrevivir. El cáncer que superó años atrás dañó sus riñones, y sin diálisis, su vida pende de un hilo. «Pensé que me hincharía y moriría en un mes», confesó tras conocer el cierre del centro, programado para finales de marzo. Junto a otros 16 pacientes, era uno de los últimos usuarios de la única unidad de diálisis en un radio de cientos de kilómetros.

Un servicio insustituible en zonas sin alternativas

El tratamiento, que dura unas cuatro horas, es un salvavidas para personas con enfermedades renales crónicas. Sin embargo, su cierre refleja una tendencia preocupante en la salud rural de EE.UU.: mayor necesidad de atención médica con menos recursos disponibles. Los habitantes de estas zonas tienen tasas más altas de enfermedades crónicas, pero acceso limitado a servicios especializados.

Aunque el expresidente Donald Trump prometió soluciones con el Rural Health Transformation Program —un fondo federal de 50.000 millones de dólares lanzado en 2018—, los críticos señalan que los fondos no llegan a tiempo ni en la cantidad necesaria para frenar el declive. «Trump dice que va a ayudar, pero la diálisis es algo que realmente necesitamos aquí», declaró Pieper.

Desplazamientos extremos o abandono de hogares

Ante la falta de opciones, los pacientes se ven obligados a tomar decisiones difíciles. Algunos, como residentes de residencias de ancianos, se mudaron cerca de centros de diálisis, aunque eso implique alejarse de sus familias. Otros, como Jim Wright, optaron por alquilar viviendas temporales en ciudades más grandes. Wright y su esposa alquilan una casa en Rapid City (Dakota del Sur) entre semana para que él pueda recibir tratamiento, reduciendo así el tiempo de viaje pero aumentando sus gastos.

«Entiendo que los hospitales rurales enfrentan desafíos financieros», admitió Wright. «Pero estamos hablando de algo que salva vidas. No es una cuestión de preferencia: si no lo recibes, mueres».

Fondos millonarios que no evitan el cierre

El hospital de Chadron, una institución sin ánimo de lucro, luchó por mantener el servicio de diálisis durante años. Su director, Jon Reiners, reconoció que la decisión fue dolorosa, especialmente cuando las autoridades estatales celebraban la inyección de 219 millones de dólares en fondos federales para salud rural en Nebraska. «El dinero no siempre llega donde más se necesita», explicó Reiners.

La paradoja es evidente: mientras el gobierno destina recursos a programas de transformación, servicios básicos como la diálisis desaparecen en comunidades donde son imprescindibles. Para pacientes como Pieper, la solución no llega con promesas, sino con acciones concretas que garanticen el acceso a la atención médica en las zonas más remotas del país.

«La diálisis no es un lujo, es una necesidad. Cuando cierran estos centros, no solo pierden pacientes, pierden vidas». — Mark Pieper