Un estudio reciente aporta una de las explicaciones más claras sobre por qué los momentos de estrés suelen impulsar a las personas hacia hábitos como el consumo de alcohol. La investigación, publicada en la revista eLife y liderada por el profesor Jun Wang, de la Universidad Texas A&M, identifica una conexión directa en el cerebro que vincula el estrés con comportamientos relacionados con la adicción.
Los científicos descubrieron que el alcohol interfiere con el sistema natural de respuesta al estrés, dificultando que el cerebro se adapte o tome decisiones adecuadas. Según los resultados, existe una vía de comunicación entre los centros cerebrales del estrés y la región encargada de los hábitos y la toma de decisiones, un vínculo que hasta ahora no estaba bien comprendido.
El papel clave de los centros de estrés cerebral
Los centros de estrés en el cerebro incluyen dos pequeñas regiones profundas: la amígdala central (CeA) y el núcleo del lecho de la estría terminal (BNST). Estas áreas se activan ante situaciones de ansiedad, amenaza o sobrecarga emocional. «Hemos identificado una línea directa de comunicación entre los centros de estrés y el sistema que gobierna nuestros actos y decisiones, algo que no se entendía con claridad», explica Wang, autor principal del estudio.
Estos centros envían mensajes mediante una sustancia química llamada factor liberador de corticotropina (CRF), la principal señal de estrés del cerebro. Hasta ahora, se desconocía cómo el CRF llegaba al estriado dorsal, la zona cerebral que controla nuestras acciones y hábitos. El estudio demuestra que las células que liberan CRF en los centros de estrés envían conexiones directas a esta región.
Las neuronas colinérgicas: reguladoras de la flexibilidad mental
Dentro del estriado dorsal, el CRF actúa sobre unas células especializadas llamadas neuronas colinérgicas interneuronas (CINs). Estas funcionan como «controladoras de tráfico» cerebral, determinando si mantenemos la flexibilidad para adaptar nuestro comportamiento o caemos en hábitos automáticos.
Cuando los investigadores aplicaron CRF a estas células, su actividad aumentó, lo que también incrementó la liberación de acetilcolina, un neurotransmisor esencial para el aprendizaje, la toma de decisiones y la capacidad de cambiar de estrategia ante nuevas circunstancias.
«En condiciones normales, esta señal de estrés ayuda al cerebro a mantenerse flexible, no rígido. Nos permite detenernos, reflexionar y tomar mejores decisiones, especialmente ante situaciones estresantes», señala Wang.
El alcohol bloquea la respuesta saludable al estrés
El segundo hallazgo clave del estudio revela cómo el alcohol altera este mecanismo protector. Durante las primeras fases de abstinencia, el alcohol debilitó la capacidad del CRF para activar las neuronas colinérgicas. Además, por sí solo, el alcohol redujo la actividad de estas células.
En términos sencillos: el alcohol interrumpe la comunicación cerebral, privando al cerebro de su capacidad para responder al estrés de manera adaptativa. «El alcohol corta la línea de comunicación», explica Wang. «Cuando esto ocurre, el cerebro pierde parte de su habilidad para manejar el estrés de forma saludable, lo que puede derivar en conductas automáticas o habituales, como el consumo de alcohol».