El presidente del Tribunal Supremo de Estados Unidos, John Roberts, es una figura clave en la historia judicial del país. Sin embargo, dos de sus declaraciones más conocidas —y que probablemente aparecerán en su obituario en The New York Times— revelan una contradicción entre su discurso y sus acciones.

El mito del árbitro neutral

En su audiencia de confirmación en 2005, Roberts declaró: «Mi trabajo es señalar bolas y strikes, no lanzar ni batear». Esta frase, destinada a transmitir neutralidad ideológica, se convirtió en un eslogan repetido por otros jueces conservadores. Sin embargo, la realidad demostró lo contrario.

Roberts no fue un árbitro imparcial, sino un actor político con una agenda clara. Un ejemplo destacado es su papel en el caso Citizens United (2010), donde, como reveló el periodista Jeffrey Toobin en The New Yorker, orquestó una decisión histórica para eliminar los límites al financiamiento de campañas. Este fallo, uno de los más dañinos para la democracia estadounidense, entregó el poder político a millonarios con poco interés en el sistema democrático, como Peter Thiel o Elon Musk.

La frase que marcó un retroceso racial

Otra de sus declaraciones más polémicas fue: «La forma de detener la discriminación por raza es dejar de discriminar por raza». Esta frase, pronunciada en 2007 al anular los esfuerzos voluntarios de integración escolar en Seattle y Louisville, sentó un precedente peligroso.

En ese momento, los conservadores minimizaron las advertencias de los liberales sobre una posible resegregación de las escuelas públicas. Sin embargo, los datos posteriores confirmaron sus peores temores. Un estudio de Axios en 2024 reveló que, entre 1988 y 2022, el porcentaje de escuelas «intensamente segregadas» (con al menos un 90% de estudiantes blancos) pasó del 7,4% al 18,5%. Las escuelas se han resegregado a un ritmo alarmante, revirtiendo décadas de avances en igualdad educativa.

Un legado de decisiones controvertidas

Desde Citizens United hasta el fin de las políticas de integración escolar, el Tribunal presidido por Roberts ha priorizado intereses económicos y una visión conservadora sobre la igualdad racial. Su legado no es el de un juez neutral, sino el de un líder judicial que ha moldeado la sociedad estadounidense a favor de élites poderosas y en detrimento de la justicia social.