«Qué moto más agradable», pensé al ver cómo la Kawasaki KH400, de un llamativo color púrpura, trazaba una curva con precisión y aceleraba con suavidad por la recta siguiente. Sentía que era ágil, rápida y fácil de manejar, cualidades que ya destacaban en su lanzamiento hace medio siglo. Pero, irónicamente, también eran su mayor problema.
En los años 70, las motos Kawasaki de tres cilindros y dos tiempos —como el H1 de 500 cc y el H2 de 750 cc— eran conocidas por su potencia bruta, su estruendoso sonido y su manejo complicado. Eran motos para pilotos que buscaban velocidad sin importar los excesos. Sin embargo, la KH400, presentada en 1976, rompió con ese molde: era demasiado suave y civilizada para encajar en esa reputación.
La culpa no fue exactamente de Kawasaki. Los modelos anteriores, como el H1 (1969) y el H2 (1972), habían triunfado en Estados Unidos gracias a su combinación de ligereza y aceleración explosiva. En un mercado donde lo importante era ganar en las rectas —especialmente desde los semáforos—, su manejo mediocre y su sed de combustible no eran vistos como defectos graves. De hecho, su imagen de «motos malas» formaba parte de su atractivo.
Pero a mediados de los 70, incluso en EE.UU., las actitudes cambiaron. Las leyes sobre emisiones se endurecieron y el humo, el ruido y el consumo excesivo de las dos tiempos dejaron de ser detalles sin importancia. En 1975, el H2 750, aunque descafeinado, seguía siendo descrito por la revista Cycle World como «malvado, perverso, cruel y desagradable». Los modelos más pequeños, como el S1 de 250 cc y el S2 de 350 cc, corrieron la misma suerte. El S3 de 400 cc, conocido en Europa como Mach II, seguía siendo rápido —un probador lo definió como «escandalosamente rápido para solo 400 cc, incluso para los estándares de Kawasaki»—, pero también sucumbió a las normativas.
Ante esta situación, Kawasaki no tuvo más remedio que adaptarse. La KH400, que reemplazó al S3 en 1976, llegó con un motor de 400 cc, encendido electrónico (en lugar de contactos) y un sistema de admisión y escape rediseñado para reducir el ruido y las emisiones. Estas mejoras restaron 4 CV a la potencia máxima, dejando el motor en 38 CV a 7.000 rpm (en Alemania, las restricciones eran aún más estrictas y dejaban la moto en 36 CV).
El chasis y el diseño exterior se mantuvieron fieles al S3, con su depósito de combustible redondeado y su estética asimétrica. Aunque ya no era la máquina indomable de antaño, la KH400 demostró que la suavidad y el placer de conducción podían ser valores en sí mismos. Medio siglo después, sigue siendo recordada como una moto que, sin pretender ser la más rápida o la más radical, logró algo igual de importante: ser perfectamente agradable.