El 28 de febrero, durante un ataque sorpresa de EE.UU. e Israel, misiles impactaron en una escuela primaria en Minab y un gimnasio en Lamerd, dos localidades en la costa iraní. Entre las víctimas se encontraba Robab, una joven de 16 años que jugaba al voleibol con su equipo cuando el edificio colapsó.
Su padre, Mir Dehdasht, llegó al lugar tras recibir la noticia. «Los heridos sangraban abundantemente, algunos yacían inconscientes en el suelo mientras otros gritaban sin parar. Sus voces eran ensordecedoras», relató a Drop Site News. Robab no sobrevivió. Desde entonces, la guerra ha extendido su sombra por casi cada rincón de Oriente Medio.
Testimonios de supervivientes: el miedo que no se va
En marzo y abril, Reason entrevistó a civiles de distintos bandos del conflicto para documentar el costo humano de la guerra. La mayoría pidió que se ocultaran sus nombres por seguridad. Estas son algunas de sus historias:
Hossein, Isfahán (Irán)
Hossein, un joven iraní que vive con sus padres, despertó el 28 de febrero con la noticia de un ataque extranjero. Intentaron huir de la ciudad, pero un avión de guerra bombardeó la torre de radio en la autopista. «Bombardean con saña. Hoy al mediodía alcanzaron una mezquita al final de nuestra calle, pero gracias a Dios estamos a salvo», escribió Sepideh, una mujer iraní en Teherán, en un mensaje a un familiar en EE.UU. que compartió Reason. «Ahora golpean todo. Ningún lugar es seguro, pero no te preocupes, estamos bien».
Amena, Jerusalén (Palestina)
Amena, una mujer palestino-estadounidense, despertó el primer día de la guerra con una alerta en su teléfono: misiles iraníes en camino. «¿Cómo explicarle a mi hermana en California el sonido de las bombas y el temblor de los cristales? Hay un miedo que se instala en el corazón y nunca se va», confesó. «Vivimos en un estado de estrés constante. No puedes moverte con libertad: no sabes cuándo saltará la alerta ni si habrá refugio en el lugar al que vayas».
Jad, ciudad no identificada (Irán)
Jad se enteró del ataque dos horas antes de que las bombas cayeran en su barrio. «La guerra moderna no tiene frentes claros. Un día estás en casa y, al siguiente, el cielo se llena de explosiones», explicó. «Desaparecen cosas que dabas por sentadas: la electricidad, la posibilidad de salir a la calle. La vida se convierte en una banda sonora de sirenas y estruendos».
«La guerra es solitaria. Los nuevos puestos de control de seguridad añaden aislamiento. No sabes a quién puedes confiar ni dónde encontrar ayuda». — Jad, superviviente de bombardeos en Irán
El costo humano: más allá de los números
Desde escuelas destruidas hasta familias destrozadas, el impacto de la guerra trasciende lo material. En Minab y Lamerd, los equipos de rescate aún buscan supervivientes entre los escombros. En Teherán, las familias se preparan para nuevas alertas. En Jerusalén, los niños aprenden a dormir con el sonido de las sirenas de fondo.
«No es solo el miedo a morir», dice Amena. «Es el miedo a vivir en un mundo donde la muerte puede llegar en cualquier momento, sin aviso».