El Mundial de fútbol 2026, que se celebrará en Estados Unidos, México y Canadá, ha generado una pregunta inquietante: ¿desplegará la ICE (Oficina de Control de Inmigración y Aduanas) agentes en las cercanías de los estadios o en rutas de acceso?

Aunque en febrero pasado, el entonces director de la agencia, Todd Lyons —quien anunció su renuncia para finales de mayo—, declaró ante el Congreso que la ICE sería una «parte clave» en la seguridad del evento, las dudas persisten. El historial reciente de la agencia no invita a la confianza.

Durante los primeros años de la administración Trump, las redadas de alto perfil de la ICE generaron una fuerte reacción política. Tras incidentes como la muerte de dos ciudadanos estadounidenses a manos de agentes de Seguridad Nacional, la estrategia cambió radicalmente. El escándalo costó el puesto a la exsecretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, forzó la jubilación anticipada de figuras como Greg Bovino —portavoz de la Patrulla Fronteriza— y obligó a la administración a adoptar un perfil más bajo. Ni siquiera en el Super Bowl, pese a la polémica generada por la presencia de Bad Bunny, la ICE realizó controles masivos.

Sin embargo, fuentes consultadas por este medio, tanto en el ámbito nacional de la política migratoria como en Texas, sugieren que la respuesta podría estar en un punto intermedio. No se esperan controles masivos en carreteras o accesos a los estadios, pero sí una presencia discreta y vigilancia selectiva.

«La estrategia no será visible, pero la ICE estará ahí», afirmaron fuentes bajo condición de anonimato. «No habrá redadas masivas, pero sí un refuerzo en zonas con alta presencia de migrantes indocumentados».

La tensión entre seguridad nacional y derechos humanos sigue latente, y el Mundial de 2026 podría convertirse en un campo de prueba para el equilibrio entre ambos.