En la era de los looksmaxxers —una comunidad online mayoritariamente masculina que recurre a métodos extremos como golpearse el rostro con martillos para definir la mandíbula o consumir drogas para esculpir su cuerpo—, la obsesión por la belleza ha alcanzado niveles preocupantes. Estos grupos, que promueven la modificación física a cualquier costo, reflejan una verdad incómoda: en nuestra cultura, la vida suele ser más fácil para quienes encajan en los cánones estéticos establecidos.

Frente a este fenómeno, dos nuevas memorias desafían el relato dominante. Stephanie Fairyington, periodista, y Moshtari Hilal, poeta y artista, se autodenominan «feas» y rechazan cualquier intento de alterar su apariencia. Sus obras, Ugly (próxima en mayo) y Ugliness (publicada el año pasado), respectivamente, exploran el significado de la fealdad desde perspectivas personales y críticas.

La fealdad como acto de resistencia

Ambas autoras comparten una premisa inquietante: la vida sería más sencilla si fueran bellas, pero han optado por no ceder a la presión social. En lugar de someterse a cirugías o tratamientos agresivos, han decidido analizar las raíces de nuestra obsesión por la belleza.

Hilal, en su libro, se pregunta si la fealdad es una construcción subjetiva o un juicio objetivo. A través de poemas y fotografías, cuestiona los estándares de belleza impuestos por siglos de racismo y misoginia. Fairyington, por su parte, indaga en cómo la inseguridad personal distorsiona nuestra percepción de la apariencia.

«Resulta demasiado delicado admitir que nuestra belleza —o su ausencia— moldea, e incluso define, nuestras vidas», escribe Fairyington. Hilal, por su lado, confiesa: «No puedo reconciliarme con la fealdad solo mediante la estética y la poesía. Es demasiado doloroso».

¿Reclamar la fealdad o caer en el autodesprecio?

El intento de reivindicar la fealdad plantea un dilema complejo. ¿Es un acto de empoderamiento o una forma de autodesprecio disfrazado? Ambas autoras reconocen la dificultad de neutralizar el peso negativo asociado a la palabra «fea».

De hecho, la reacción instintiva de muchos lectores —incluido el autor de este artículo— es buscar imágenes de las autoras para «comprobar» si realmente son feas. Tras revisar fotos de Fairyington y Hilal, la conclusión suele ser la misma: no encajan en el estereotipo de fealdad que nuestra sociedad promueve.

Sin embargo, Fairyington rechaza este tipo de elogios. Para ella, aceptar la fealdad no significa conformarse con una apariencia mediocre, sino cuestionar los valores que nos hacen creer que solo ciertos cuerpos merecen ser vistos.

Más allá de la estética: el legado de la fealdad

Estas memorias no solo hablan de apariencia, sino de identidad y poder. Hilal y Fairyington exponen cómo los ideales de belleza han sido herramientas de opresión: desde el racismo que asocia la negritud con lo «feo» hasta el sexismo que exige a las mujeres ser delgadas y simétricas.

Al final, sus obras invitan a una reflexión necesaria: ¿Qué perdemos como sociedad cuando rechazamos todo lo que no encaja en nuestros cánones? En un mundo donde la cirugía estética y los filtros de Instagram dictan las reglas, sus voces son un recordatorio de que la belleza no debería ser un requisito para existir.

Fuente: Vox