El 'efectivo fantasma' que persigue a los conductores
Desde la pandemia, millones de automovilistas en Estados Unidos arrastran deudas superiores al valor real de sus vehículos. Según datos de Edmunds, el 31% de los conductores que cambiaron de coche en el primer trimestre de 2024 tenían deuda negativa, con un promedio de 7.200 dólares por encima del valor del vehículo. Hace cinco años, esta cifra era significativamente menor.
De un préstamo a otro: el círculo vicioso de la deuda
El problema no es solo la cantidad adeudada, sino cómo se arrastra. Muchos compradores no liquidan su deuda al cambiar de coche, sino que la integran en el nuevo préstamo. Esto significa pagar intereses por dos vehículos a la vez: el nuevo y el viejo, que ya no tienen. Es como cargar el maletero con ladrillos antes de un viaje y preguntarse después por qué el coche consume tanto.
Esta práctica, conocida como rolling debt, está atrapando a los conductores en un ciclo de endeudamiento del que es difícil escapar. Los plazos de financiación se han alargado: el 25% de los préstamos para coches nuevos superan ahora los 70 meses, y algunos llegan a los 84 o más. Aunque las cuotas mensuales sean más bajas, la deuda crece más lentamente y el riesgo de impago aumenta.
El caso extremo: 87.000 dólares por un Ford que vale 47.000
«Esto es una batalla que libramos cada día». — Doug Horner, concesionario en Ohio
Un ejemplo revelador es el de un cliente que acudió a un concesionario de Ohio con la intención de cambiar su Ford F-150 Lightning por un Mercedes-Benz GLE Coupe. El problema: debía 87.000 dólares por un camión que hoy vale solo 47.000. La diferencia, 40.000 dólares, se sumaría a la financiación del nuevo vehículo, perpetuando el problema.
Este escenario no es aislado. La escasez de semiconductores durante la pandemia disparó los precios de los coches nuevos, y muchos compradores pagaron primas por modelos que, con el tiempo, se han depreciado como cualquier otro. Ahora, esos vehículos inflados regresan al mercado como coches de segunda mano, con deudas que superan su valor real.
Préstamos 'a lo hipotecario' para coches que no se usan
Los datos de Edmunds muestran que, en 2024, los compradores con deuda negativa financiaron de media 56.000 dólares para un coche nuevo, con cuotas mensuales de unos 932 dólares. Son cifras similares a las de una hipoteca, pero para un activo que pasa la mayor parte del tiempo aparcado en un garaje o en el parking del trabajo.
El riesgo no es solo económico. Estudios demuestran que quienes arrastran deudas de un vehículo a otro tienen más probabilidades de enfrentar embargos en el futuro. Además, los impagos en préstamos para coches han alcanzado su nivel más alto desde 2010, según datos oficiales.
¿Quiénes son los más afectados?
- Modelos con alta depreciación: Coches como el Cadillac Escalade ESV pierden más del 60% de su valor en cinco años, dejando a sus dueños atrapados en préstamos imposibles de pagar.
- Plazos de financiación excesivos: Cuanto más largo sea el préstamo, más difícil será acumular capital en el vehículo y más vulnerable será el conductor a cambios económicos.
- Compradores en mercados con alta inflación: Ciudades con precios de coches elevados, como San Francisco o Nueva York, son focos de este problema.
¿Hay salida?
No todos los conductores están en esta situación. Muchos aún tienen equidad positiva en sus vehículos y pueden venderlos sin problemas. Sin embargo, para un número creciente de estadounidenses, la burbuja de precios de la pandemia se ha convertido en una resaca financiera de años.
Los expertos recomiendan:
- Evitar integrar deudas antiguas en nuevos préstamos. Si es posible, liquidar la deuda antes de cambiar de coche.
- Optar por plazos más cortos. Aunque las cuotas sean más altas, se acumula capital más rápido y se reduce el riesgo.
- Evaluar modelos con mejor depreciación. Coches como el Toyota RAV4 o el Honda Civic pierden menos valor con el tiempo.
- Considerar opciones de compra al contado o con ahorros. Si es viable, evitar financiación innecesaria.
Mientras tanto, concesionarios y bancos luchan contra un problema que parece no tener fin: conductores atrapados en deudas que no pueden pagar, pero que no pueden permitirse dejar de pagar.