La desigualdad que nadie menciona: el abismo matrimonial
En Estados Unidos, la brecha de riqueza o la diferencia salarial no son las únicas fuentes de desigualdad. Tampoco lo es la disparidad de oportunidades entre razas. El abismo matrimonial —la creciente división entre quienes forman familias estables y quienes no— está generando consecuencias devastadoras, y sin embargo, es el problema que menos atención recibe.
Como libertario, no me interesa si alguien se casa o no. Pero un reciente informe del American Enterprise Institute titulado "Tierra de oportunidades: impulsando el sueño americano" me ha recordado que este fenómeno merece un análisis urgente. Editado por Kevin Corinth y Scott Winship, el estudio aborda desafíos clave como el coste de vida, la educación y la erosión de la vida comunitaria. Sus autores, economistas empíricos, no son activistas culturales, pero sus hallazgos sobre el colapso familiar son contundentes.
El declive de la familia tradicional
En la mitad del siglo XX, solo el 5% de los niños nacían fuera del matrimonio. Hoy, esa cifra supera el 40%. Estados Unidos lidera el mundo en hogares monoparentales: el 23% de los niños vive con un solo progenitor, frente al 7% de la media internacional. Estas cifras no son simples estadísticas; tienen un impacto directo en el futuro de millones de personas.
Según datos del National Longitudinal Survey of Youth, analizados por el economista Robert VerBruggen, el 40% de los millennials criados en familias intactas (con ambos padres) logró graduarse en la universidad, y el 77% alcanzó ingresos de clase media o superiores. En cambio, entre quienes crecieron en familias no intactas, solo el 17% se graduó y el 57% alcanzó la clase media. Además, estos últimos tienen el doble de probabilidades de ser encarcelados, incluso al controlar otros factores socioeconómicos.
Las consecuencias trascienden el ámbito familiar. VerBruggen señala que los barrios con altas tasas de monoparentalidad muestran menor movilidad social, incluso para niños criados en familias estables. Esto no es una opinión partidista: en 2013, la socióloga Sara McLanahan, de Princeton, confirmó en una revisión de estudios que "la ausencia del padre tiene efectos negativos en el bienestar de los hijos".
Pobreza y educación: el precio de la inestabilidad familiar
La economista Melissa Kearney ha demostrado que el matrimonio actúa como escudo contra la pobreza, independientemente de la raza o el nivel educativo. Las madres solteras, por ejemplo, sufren tasas de pobreza significativamente mayores que las familias casadas con el mismo perfil socioeconómico.
Pero este problema no afecta por igual a todos. Winship y O'Rourke descubrieron que, entre 1970 y 2018, los nacimientos dentro del matrimonio cayeron un 29% en general, pero un 47% en el quintil educativo más bajo, frente a solo un 6% en el quintil más alto. Esta brecha refleja una realidad preocupante: desde los años 60, las tasas de matrimonio entre mujeres jóvenes con menor educación cayeron un 46%, mientras que en las más educadas la caída fue de solo un 17%. Así, quienes menos pueden permitirse criar hijos en solitario son los que más lo hacen.
¿Por qué importa la familia?
La institución del matrimonio sigue siendo clave para la movilidad económica y el desarrollo infantil. Sin embargo, las políticas gubernamentales —desde subsidios hasta regulaciones— han acelerado, en muchos casos, la desintegración familiar. Aunque no defiendo intervenciones estatales en las decisiones personales, los datos son claros: la estabilidad familiar es un pilar fundamental para reducir la desigualdad y construir sociedades más prósperas.
El informe del AEI no pide soluciones mágicas, pero sí invita a reflexionar sobre cómo las decisiones individuales y las políticas públicas pueden fomentar —o erosionar— este pilar esencial. En un país donde la desigualdad se debate constantemente, quizá sea hora de dejar de ignorar el abismo matrimonial.