La obsesión por la 'credibilidad' es un mantra recurrente entre los halcones de guerra en Estados Unidos. Durante su audiencia de confirmación el año pasado, el secretario de Estado, Marco Rubio, defendió su filosofía como "paz mediante la fuerza, restaurando la credibilidad de la disuasión estadounidense".
Cuando el expresidente Donald Trump envió fuerzas especiales para intentar capturar al líder venezolano Nicolás Maduro en 2020, el entonces vicepresidente J.D. Vance afirmó que "Maduro es el último en descubrir que el presidente Trump cumple lo que dice". De manera similar, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, declaró el mes pasado que "Irán está aprendiendo por las malas que el presidente Trump cumple sus palabras".
Sin embargo, estas declaraciones resultan irónicas viniendo de un mandatario conocido por su falta de coherencia. Entre sus intervenciones en Venezuela e Irán, Trump amenazó con invadir Groenlandia, territorio danés, afirmando que lo haría "fácil o difícilmente". Solo un día después de su arrebato, el gobierno estadounidense acordó un "marco para un futuro acuerdo" que ampliaba el acceso militar de EE.UU. a la isla. El episodio quedó en el olvido, como tantas otras amenazas comerciales que nunca se materializaron.
En el conflicto actual en Oriente Medio, Trump ha establecido y prorrogado múltiples plazos para que Irán abra el estrecho de Ormuz, sin que se hayan cumplido. Pero detrás de este aparente caos existe una estrategia: "A veces conviene ser un poco salvaje", escribió Trump en su libro de 1987 The Art of the Deal. Explicaba que generaba miedo para luego ofrecer alternativas favorables a su contraparte. Sin embargo, este enfoque no construye credibilidad; al contrario, se basa en la desconexión entre lo que se dice y lo que realmente se piensa.
Un argumento común para defender a Trump, acuñado por la periodista conservadora Salena Zito, es que hay que tomarlo "en serio, pero no al pie de la letra". Si ese es el caso, ¿por qué hablar entonces de 'credibilidad'? El problema no es exclusivo de Trump. Décadas atrás, el presidente Richard Nixon y su asesor de política exterior, Henry Kissinger, también obsesionados con mantener la 'credibilidad' de EE.UU., creían en la "teoría del loco": actuar de manera irracional e impredecible para intimidar a los adversarios. Esta contradicción es el núcleo de gran parte de la lógica belicista.
Para muchos halcones, la 'credibilidad' no significa lo que la mayoría entiende —una reputación de honestidad y cumplimiento de promesas—, sino un código para alardear de fuerza, incluso a costa de ser creíbles. La era Nixon lo demostró: cuando la estrategia del 'loco' falla, las consecuencias pueden ser devastadoras. Nixon y Kissinger reconocían que la guerra de Vietnam era insostenible, pero temían que una retirada repentina "dañara nuestra credibilidad", pues otros países podrían interpretar la acción como un signo de debilidad. En lugar de ello, optaron por "alargar el proceso de derrota".
Nixon alternaba entre gestos diplomáticos y amenazas de aniquilación nuclear, mientras intensificaba los bombardeos sobre Vietnam del Norte e invadía en secreto Camboya. Estas acciones, lejos de fortalecer la posición de EE.UU., prolongaron un conflicto que costó la vida a decenas de miles de personas y dejaron una mancha imborrable en la credibilidad internacional del país.
¿Credibilidad o teatro político?
La historia demuestra que la obsesión por proyectar una imagen de fuerza, sin sustento en acciones coherentes, termina socavando la credibilidad de cualquier nación. Cuando las amenazas no se cumplen, los plazos se incumplen y las posturas cambian sin explicación, el mensaje que se transmite al mundo es el de un país impredecible y poco fiable.
En un contexto global donde la estabilidad depende en gran medida de la confianza entre potencias, esta estrategia no solo es contraproducente, sino peligrosa. La 'credibilidad' no se construye con bravuconadas, sino con consistencia, transparencia y acciones que respalden las palabras. De lo contrario, EE.UU. seguirá perdiendo terreno en un escenario internacional cada vez más multipolar.