En el pequeño pueblo de Tropodo, en la isla de Java (Indonesia), las calles estrechas y las casas de colores brillantes contrastan con las altas chimeneas que emiten columnas de humo negro. Aunque apenas se perciben desde lejos, estas fábricas informales queman plástico como combustible para producir tofu, un alimento básico en la región.
Según un estudio histórico basado en datos hasta 2015, alrededor del 12% de los residuos plásticos globales se queman, una práctica que, incluso en incineradoras con sistemas de filtrado, se ha relacionado con mayores tasas de partos prematuros, malformaciones congénitas (como defectos cardíacos y del tubo neural) y un posible aumento del riesgo de cáncer en las poblaciones cercanas.
Sin embargo, cuando el plástico —que, según un estudio de Nature publicado el año pasado, puede contener más de 16.000 sustancias químicas, una cuarta parte de ellas potencialmente peligrosas— se quema en hornos artesanales sin tecnología de reducción de contaminantes, los riesgos se multiplican. Esto es exactamente lo que ocurre en Tropodo, donde pequeñas fábricas de tofu utilizan plástico como combustible.
Muhammad Gufron, dueño de una de estas fábricas, recibe al periodista en una casa de color verde menta. Tras recorrer un callejón donde la ropa seca al sol, acceden a un edificio con paredes de ladrillo y grandes huecos que le dan un aspecto casi abierto. Gufron, vestido con una camiseta azul claro, pantalones cortos de color azul marino y sandalias, comienza el recorrido señalando varias habitaciones donde se apilan sacos llenos de plástico triturado y descolorido.
«En esta zona, los recolectores de residuos extienden el plástico al sol para secarlo y usarlo como combustible», explica el empresario. Al acercarse al horno, una estructura cilíndrica de metal negro, el calor intenso y el crepitar de las llamas al añadir más plástico con un palo de madera dejan claro el propósito: el fuego genera vapor que se utiliza en el proceso de producción del tofu.
En solo unos minutos dentro de la fábrica de Gufron, el olor acre y el humo denso provocan una sensación de malestar. Los trabajadores, sin protección adecuada, respiran directamente estos gases tóxicos, mientras que los vecinos de Tropodo enfrentan riesgos sanitarios a largo plazo.
Este método, aunque común en países en desarrollo, refleja un problema global: los países ricos exportan sus residuos plásticos a naciones con menos regulaciones, externalizando no solo la contaminación, sino también sus consecuencias para la salud pública.