Kim Booker nunca había pensado en el plomo durante sus 27 años viviendo en Trenton, Nueva Jersey. Nacida y criada en esta ciudad que fue un referente industrial, solo escuchó hablar de este metal pesado en reuniones comunitarias organizadas por el East Trenton Collaborative, una organización sin ánimo de lucro que trabaja en salud ambiental. Allí descubrió que la presencia de tuberías y pinturas con plomo, herencia de su pasado industrial, podía haber contaminado el agua potable de su hogar y el suelo alrededor de su propiedad.

Sabía que su casa de tres dormitorios era antigua y, por tanto, con alta probabilidad tenía tuberías de plomo. Observó cómo la pintura de las paredes se desprendía. Además, recordó que su abuela y su hermana habían sido diagnosticadas con Alzheimer, enfermedad que estudios vinculan con la exposición al plomo. Decidió averiguar si ella también estaba envenenada por este metal en su entorno.

Ante la falta de recursos gratuitos y exhaustivos para realizar pruebas, Booker contactó con Shereyl Snider, una de las líderes del colectivo, quien la puso en contacto con Sean Stratton, estudiante de doctorado en Salud Pública de la Universidad de Rutgers. A finales de 2023, Stratton estaba recolectando muestras de plomo para su tesis doctoral, con el objetivo de mapear cómo este metal había contaminado las viviendas de Trenton.

Tras aceptar la colaboración, Stratton visitó su casa para analizar el plomo en la pintura, el jardín y el agua. Los resultados confirmaron sus sospechas: su hogar estaba contaminado con plomo y, además, presentaba niveles bajos pero detectables de este metal en su sangre. Las pruebas revelaron que el suelo de su jardín superaba las 450 partes por millón, por encima del límite de riesgo establecido por la Agencia de Protección Ambiental (EPA).

«La ciudad no debería depender de un estudiante para hacer este trabajo», declaró Stratton.

Un esfuerzo que podría desaparecer

Stratton no solo analizó la vivienda de Booker. En los últimos dos años, ha realizado pruebas de suelo, agua o pintura en más de 140 hogares de Trenton, elaborando el retrato más detallado hasta la fecha de una crisis que afecta a todo el estado. En julio de 2023, la EPA incluyó el barrio de East Trenton en la Lista Nacional de Prioridades de Superfund tras detectar contaminación generalizada en suelos residenciales, escuelas y parques. Sin embargo, a pesar de esta designación, no se ha puesto en marcha una campaña de pruebas puerta a puerta, dejando a residentes como Booker dependiendo de iniciativas individuales como la de Stratton.

El problema es que el proyecto de Stratton está llegando a su fin. En febrero defendió su tesis doctoral y se graduará en mayo, dejando una gran incógnita: ¿quién continuará su labor? Colectivos como el East Trenton Collaborative temen que el barrio pierda su única fuente accesible de pruebas domésticas.

«No queremos dejar de trabajar juntos. No veo que esto termine, pero no sé cómo podremos seguir sin él», afirmó Snider.

Un legado de contaminación industrial

Trenton, antaño un centro industrial clave, arrastra décadas de contaminación por plomo. Las tuberías antiguas y las pinturas descascaradas en viviendas centenarias siguen siendo una amenaza silenciosa. Aunque la EPA ha reconocido el problema con la inclusión en la lista de Superfund, la falta de pruebas sistemáticas deja a los vecinos en una situación de vulnerabilidad.

Mientras tanto, Stratton deja un vacío que las autoridades locales aún no han sabido cubrir. Su trabajo ha sido vital para visibilizar una crisis que afecta a generaciones, pero el futuro de estas pruebas sigue en el aire.

Fuente: Grist